Falín y diez más
por Herodes

LAS LÁGRIMAS DE KUFFOUR

El banquillo del United salta al terreno de juego nada más pitar el árbitro Collinael final del tiempo añadido. Se entiende la euforia desbordada, que es difícil transmitir al lector en apenas unas líneas: los ingleses acaban de remontar un resultado imposible que les ha permitido alzarse con la Liga de Campeones. El delantero Dwight Yorkealza a un pletórico Beckham que, levantando ambos puños, festeja el triunfo con la afición que ha llenado el Camp Nou. Llega Gary Neville y los tres se funden en un abrazo donde las lágrimas se entremezclan con las risas y los gritos de júbilo. Frecuentemente oímos decir que nadie recuerda a quien pierde las finales. Que tiene mucho mérito llegar a ellas, claro, pero que los aficionados sólo terminarán acordándose de los que consiguieron al final levantar la copa. No vamos a negarlo. No es, ni mucho menos, nuestro propósito. Sin embargo, si algo nos enseñó la final disputada el 26 de mayo de 1999 en el campo del Barcelona es que hay partidos especiales de los que sí recordaremos siempre a los perdedores. Los rivales necesarios. Los Destinos crueles. Los partidos trágicos.

Y, así, dieciocho años después, aún rememoramos al portero Kahn rechazando el consuelo de Schmeichel en el centro del campo. Y a sus compañeros del Bayern, aquella aciaga noche uniformados de gris, tumbados boca arriba sobre el verde, la mirada extraviada, los brazos en cruz, tratando de asimilar lo sucedido en apenas dos minutos. Y, sobre todo, perdura en nuestras retinas la imagen del defensa ghanés Kuffour golpeando, de rodillas, el césped una, dos, tres, cuatro veces con el puño derecho. Llorando como un bebé. No es para menos: dos goles crueles en el descuento, uno de Sheringham al acompañar un disparo desde la frontal de Giggs y otro del danés Solskjær al rematar a bocajarro un saque de esquina muy mal defendido por el Bayern, han volteado el gol inicial de Mario Basler, el tanto de falta que les había puesto a los bávaros de cara la final nada más empezar el choque. El trabajo bien hecho durante todo el partido por aquella maquinaria perfecta que es el Bayern, la labor impecable de una campaña entera, acaba de irse al traste en poco más de ciento veinte segundos. O menos.

Yo estuve este domingo acompañando al equipo en el Municipal Germans Gonzalvo de Mollet. Y no consigo, todavía,sacarme de la cabeza las lágrimas de Kuffour.

Herodes


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