Falín y diez más
por Herodes

EL DEL VOZARRÓN

Se sienta en la grada sol, calmosamente, cruzando las piernas de forma perezosa, estirando los brazos y apoyándolos sobre los respaldos de plástico azul de las sillas vecinas, como un Cristo al sol de blancos bigotes de oficial británico. Si pica mucho, pero mucho, se cubre el pelo cano con la hoja de un diario, a modo de tejado a dos aguas. Comenta cosas, pocas pero enjundiosas, a su compañero de fila. En alta voz. Para que todos nos enteremos y porque sospecho que no sabe hacerlo de modo diferente. Que si sólo juegan por la banda de tribuna. Que si les gusta la sombra. Que si supieran dar esos pases largos que reclamáis probablemente no estarían jugando en Tercera División sino en alguna otra parte. En alguna otra parte mejor remunerada, se entiende. Luego, con el paso de los minutos, nos calma ante el desastre que se avecina. En la segunda parte meteremos un gol, mínimo un gol, en la segunda parte tenemos un gol asegurado en aquella portería, asegura a todo el que lo quiere escuchar y señala con la barbilla el marco de la calle Concilio de Trento, contra el cual solemos atacar tras los descansos. Lo hace con voz de trueno, ya digo. Más o menos la misma voz de trueno, lo recuerdo como si hubiese sido ayer mismo, de la que ya hacía gala cuando lo conocí. Y de eso hará tres décadas. 

Era yo un chaval y entraba de rondón acompañando a mi padre hasta que un bigotillo incipiente empezó a sombrearme el labio. Dejé entonces de colar como, eso, el crío que se suponía que una vez había sido y que no había de pagar entrada. En aquellos tiempos nadie soñaba con asientos en la grada sol y los aficionados que preferían ahorrarse un dinero dejando la tribuna para otros, veían el partido de pie formando pequeños corros. Uno de ellos lo capitaneaba El del vozarrón, que así lo llamábamos por aquel entonces, nuestro hombre de admirable capacidad pulmonar, que opinaba por todos y que siempre iba acompañado de una camarilla de palmeros digna de encomio. Me acuerdo de un hombre bajito y calvo, muy parecido al Dr. Cubells, que asentía con reverencial vehemencia, como si la vida le fuera en ello, a todo lo manifestado por El del vozarrón. Que si chuta, que si abre, que si cambia. Con el paso de los años y la pérdida de pelo y de categorías, el número de acólitos fue menguando hasta reducirse a ese caballero jubilado de acento barbateño que hoy día le hace los coros en los partidos de casa. Durante mucho tiempo, no sé el porqué, pensé que El del vozarrón era un exjugador del Júpiter. Quizás lo sea. O no. ¿Acaso importa? Lo que importa de verdad, lo que cuenta, son ese puñado de socios que, como El del vozarrón, lleva toda una vida apoyando al equipo. En la bonanza de los buenos tiempos y en las penurias del descenso a los infiernos. En la prosperidad y en la adversidad. En la salud y en la enfermedad y todo eso. Se me entiende: lo que el fútbol ha unido, no lo separe el hombre. 

Larga vida a esos socios que tanto admiro. Larga vida a El del vozarrón.



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