Falín y diez más
por Herodes

DEFENSAS DE LOS OCHENTA

He sentido nostalgia, por algún motivo he sentido nostalgia. Y me he acordado de un equipo en el que goleaba Valiente. De un portero legendario llamado Martín Rabasa. No muy alto pero ágil como pocos bajo los palos. De Falín, cómo no. De Palomo. Ése sí que era espigado, Palomo. Y me he acordado de la defensa infranqueable de principios de los ochenta, integrada por Ramón, Sánchez, Castro y Carvajal. Carvajal, sí, el futuro buque insignia y leyenda del Europa (sonrío), entonces un pipiolo de percha envidiable, algo torpón y con mucho bueno todavía por aprender y mucha leña por repartir. Aunque quizás no fueran los primeros ochenta y el lateral no lo cubriera Castro. ¿Qué más da? Eso es lo bonito del fútbol que uno ha vivido a lo largo de décadas y campos: la capacidad de conjugar los propios recuerdos a voluntad. Contrastarlos con los recortes de prensa y con las bases de datos, en aras de una rigurosidad no pretendida, acabaría traicionando la épica de aquel rectángulo de tierra y también la misma infancia y la adolescencia forjada domingo a domingo, remontada a remontada, expulsión a expulsión, en el estadio del Júpiter. Ése es un precio demasiado alto que no estoy dispuesto a asumir. Prefiero mantenerlos tal cual, en la memoria, aun a riesgo de equivocarme.

Qué defensa, decía. Todavía la añoro. Imponían respeto y daban seguridad a la parroquia aquellos tipos sañudos, montaraces y no exentos de técnica. Defensas de los de toda la vida. No recuerdo nada igual desde entonces. Cuando había que arrear, arreaban, y cuando había que jugar, jugaban. El abecé del fútbol, vamos. Ramón y Sánchez, Sánchez y Ramón, la pareja perfecta, dos centrales con gran proyección, tanta que acabaron llamando la atención de los ojeadores de Primera División. Probó por el Valencia o por el Levante el primero. Su melena y su bigotazo rubio no terminaron de convencer en la ciudad del Turia. Fichó por el Sabadell el segundo, logró el ascenso a la máxima categoría con los arlequinados y jugó, posteriormente, en el Osasuna y el Murcia. Pedazo de jugadores ambos. Sentía yo, niño en la banda de la calle Cantabria, predilección por el tercer hombre, el lateral Castro, un tipo moreno de pelo ensortijado y bigote bandolero muy de la época, que jugaba con la camiseta por fuera y al que, por algún motivo, quizás por el apellido, tenía por gallego. De siempre me cayeron bien los laterales. Suelen ser tipos discretos. Como Bernal, como Soto. De siempre sentí simpatía por los laterales, hasta la invención de los carrileros. Ésos ya me interesan menos porque ni defienden ni atacan ni nada. Completaba el cuarteto Carvajal, ya se dijo, corpulento lateral entonces y corpulento central después. El aprendiz de la banda que escapulado terminó. Allá él.

 He sentido nostalgia, por algún motivo he sentido nostalgia. Y aquí lo dejo.

Herodes



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