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FALÍN Y DIEZ MÁS – Tu luquete

Celebras (¡y de qué forma!) que un grupo de animación haya surgido, de un tiempito a esta parte y como por ensalmo, en la grada sol. No por su jacarandoso comportamiento ni por su colorido político ni (siquiera) por sus botes de humo ni por las sanciones que estos artefactos acostumbran a conllevar sino porque las altas esferas os han abierto, por fin, un bar cerquita. En el cuchitril que en su día fue taquilla en la esquina de Cantabria con Concilio de Trento. De eso no se acuerda, seguro, ni el Tato pero da igual. Allí mismo. Sí, sí, en ese cuartito reconvertido, para alegría vuestra y de todos, en oasis del sufrido aficionado grisgrana.

Entonces diriges tus pasos al barcito porque has decidido festejar el inicio de la temporada tomándote un vermú y vas y te lo pides. Ay, amigo, que en el bar te informan de que no tienen porque los vermús apetecen a media mañana y no por la tarde. Ostras, tú, qué cosas. Como aficionado disciplinado que eres, aceptas que no te tiene que apetecer, recoges los dos euros del mostrador con pesadumbre y chasco y te vuelves a tu localidad a la espera de que acabe de una vez este horario de verano abstemio que te han impuesto. La federación, el club y el barcito.

Y llega ese día. El del partido a las doce.

Retomas la senda del bar y te pides el vermú en el descanso. Evocas ya el regusto ligeramente amargo de la consumición que te vas a echar al coleto mientras ves cómo el chorrito que cae del grifo del barril portátil llena el vaso. De plástico. También ves cómo añaden los dos hielos y el par de aceitunas. Que antes venían con palillo pero ya no. Y te lo dan, en mano, previo pago de su precio. ¡Al fin, después de semanas de espera! Un momento… ¿y la naranja?, preguntas. Te miran raro. Sonríen. No hay naranja, responden. No tenemos, te contestan. Y tú no es que quieras un vermú en su vaso bajo de vermú y de boca ancha de vermú. Ni tan solo un vaso cónico de cristal de vermú. O copa. De vermú. Que con el de plástico ya te está bien, que tampoco vas a ponerte espléndido porque en un recinto deportivo entiendes perfectamente que los vasos de cristal vienen cargados por el Diablo (que es del Uropa, como todo el mundo sabe). Tampoco el vermú es Yzaguirre. No pasa nada, qué se le va a hacer, si está rico igual. Todo esto tiene un pase, te convences, pero, ojo, ¡privarte del luquete! Eso ya es demasiado. No una semana, no. Una, dos, tres y las que se tercie. Los vermús este año, en el barcito, se sirven sin su rodajita o luquete para indignación del buen bebedor de vermú. Será por las restricciones, piensas, porque la temporada pasada bien que había para naranja. Pues ya no. Ahora sin naranja. ¿Es que estamos locos o qué? Te siguen enseñando la dentadura, ajenos a la magnitud del drama, desde el otro lado de la barra y tú te debates entre armar un numerito o dejarlo correr otra jornada más porque eres de natural pacífico y porque hace un rato que ya ha empezado la segunda parte.

Cuando, de pronto, un murmullo que se te antoja, paradójicamente, atronador te saca de ese ensimismamiento que te mantenía ahí plantado, con la mirada fija en los hielos y en las aceitunas sumergidas en el vinoso elemento. Te giras mecánicamente, como un zombi, con el vaso de plástico en la mano y compruebas que le acaban de meter otro gol al Júpiter.

Herodes